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La generosa travesía

Por Rubén Marín (@elrucodel74)

Intentar encasillar a un músico partiendo de una experiencia sesgada con su arte es una lástima, hacerlo con el argentino Pedro Aznar es un verdadero despropósito. Y ayer quedó más que claro el porqué de esta reflexión, en la bella sala de conciertos del Centro Cultural Roberto Cantoral de la Ciudad de México.

Multiinstrumentista, poeta, rockero, amante del folclor, intérprete, ilustre letrista y músico como pocos en todo el planeta, el nacido en Buenos Aires está más allá del bien y del mal en el panorama musical global, y será por esa condición que no necesita probar nada en escenario alguno. Sin embargo, lo hace, con una intensidad y emotividad que más que agradecerse, vuelve cómplices naturales a quienes lo escuchan, sean seguidores de su vasta carrera o no.

Aznar es un tipo cálido, amable, humilde y tremendamente magnético que sabe lo que esgrime con cada nota ante un público fiel y bien ganado que no necesita más argumentos que sus manos, su voz y su presencia, un todo mágico que provoca a estados emocionales tan intensos como las subidas y bajadas de una montaña rusa, y en veces, tan apacibles como el carrusel de nuestra mejor infancia.

En momentos da la impresión que Aznar echa mano de un código binario de la creación musical que al llegar a nuestros oídos toma las formas más accesibles y plenas que crean emociones legitimas, íntegras, una vez que es descifrado, traducido, preparado para el entendimiento pleno y oxigenado por el ambiente de una sala o un estudio de grabación. Acaso existe otra persona que lo hace en idioma español y de la que puedo decir lo mismo, el uruguayo avecindado en España, Jorge Drexler.

El setlist que presentó Aznar en México fue todo un paseo por casi cuatro décadas dedicadas en cuerpo y alma a la música, en un orden nunca antes presentado en su gira más reciente ‘Mil noches y un instante’. El tráfico en la Ciudad de México hizo lo suyo y me perdí los tres primeros temas, pero al sentarme, mi retraso tuvo la mejor de las compensaciones, arrancándose Pedro de la garganta las mejores interpretaciones que le he escuchado de las hermosas piezas ‘Amor de juventud’ y ‘Después de todo el tiempo’, y los clásicos ‘Fotos de Tokio’; su homenaje en piel viva a John-Taupin ‘Ya no hay forma de pedir perdón’, y ‘A cada hombre a cada mujer’, en un guiño a quien pedía a gritos ‘algo de Serú Girán’.

La noche siguió y llegó el momento en que Pedro nos puso a respirar aires de la música argentina, al tocar ‘Río secreto del alma’, un chamamé compuesto a la distancia con Teresa Parodi que fue el culpable de las primeras lágrimas de quien esto escribe.

Siguieron dos canciones de su más reciente material discográfico ‘Ahora’, que evidencian el estado de gracia en el que el argentino se encuentra, pues abrevan en lo más elemental para crear – recrear emociones en estado puro, un par de bocanadas de aire limpio llamadas ‘Quiero decirte que sí’ y ‘Rencor’, a las que se les unieron un estreno titulado ‘Perdón’ –a la par de su ‘periquito’ parlanchín (la ‘buclera’ le llama)-, ‘Zamba para olvidar’ (con un segundo aluvión de lágrimas), la obra maestra del ‘Flaco’ Spinetta ‘Barro tal vez’, el clásico del ‘Cuchi’ Leguizamón ‘Si llega a ser Tucumana’ -con Mercedes Sosa en el corazón-, y la magia de Chico César con la entrañable ‘A primera vista’, en la que todos cantamos con el bonaerense.

Un bloque completo de música nacida con marca registrada en Liverpool y en la que Aznar da muestras de verdadera genialidad (‘Because’ –con secuenciador- a tres voces-, Blackbird, Strawberry fields forever, I’m the walrus y While my guitar gently weeps’), dio paso a la parte final del recital. Pedro regresó tres veces al escenario para cantar ‘Quebrado’, y recordar a Gustavo Cerati con una versión suprema de ‘Lisa’, a Andrés Calamaro con ‘Media Verónica’ y una vez más a Spinetta con ‘Quedándote o yéndote’, pero esta vez sin cables y micrófonos de por medio, en un momento mágico con su guitarra, sentado en la duela en un rincón del escenario presumiendo la excelsa acústica del foro.

La generosa travesía llegó a su fin, aunque en el silencio de la noche podían seguirse percibiendo los rastros de la fina esencia musical de Pedro, el aroma de las notas, la huella sonora que habremos de seguir hasta que nos volvamos a ver, a escuchar, en una complicidad perenne que nos une irremediablemente con él, a aquellos a los que el destino nos hizo conocer su arte en algún momento del ‘tiempo vertical’.

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